Somos rehenes y rehenes agradecidos

(Publicado en Artículos el 12 de septiembre, 2004)

(A propósito del Síndrome de Estocolmo)
 

RehénHace aproximadamente un mes, Víctor Ocampo cerraba su artículo de opinión “Rehenes de los vulgarazos” (Nueva Generación, agosto 15, clic aquí) de manera fulminante con la crítica válida de que lo peor, es que este pueblo padece el Síndrome de Estocolmo. Pues bien, ¿qué es este Síndrome? La respuesta es una crónica interesante que nos mueve a reflexionar hasta que grado de masoquismo (pues no hay otra palabra: sufrimos y nos maltratan y aparentemente nos gusta que nos hagan eso) tenemos como pueblo ante las barbaridades de unos pocos que se autodenominan con los nombres más bondadosos, a pesar de que esconden garras, cuernos y pezuñas, pero que, como muestra de respeto, los llamaremos “la clase política”. Vale la pena aclarar que este juego nombre-realidad es como empezar a nombrar “cordero” al lobo, o “policía” al ladrón. Pero a eso estamos acostumbrados.

El Síndrome de Estocolmo es un fenómeno en el cual el secuestrado le toma cariño al secuestrador. Normalmente se plantea como una enfermedad fruto de la desorientación, del estrés, lo cual deja de lado la parte más interesante del asunto: el Síndrome de Estocolmo es una cuestión de supervivencia.

La expresión nace a raíz del famoso robo del banco Kreditbanken en Norrmalmstorg, Estocolmo, que duró del 23 al 28 de agosto de 1973. Ese día, Jan Erik (Janne) Olsson, un presidiario con permiso, entró en el Kreditbanken, ubicado en pleno centro de Estocolmo. Inmediatamente la policía fue alertada y al entrar dos oficiales, Olsson disparó a quemarropa, hiriendo a uno de ellos. Ordenó al segundo sentarse en el piso y ponerse a “cantar”. Olsson tomó a cuatro rehenes y exigió que se llamase a su amigo Clark Olofsson, y que se le entregaran 3 millones de coronas suecas, dos revólveres, municiones, chalecos antibalas, cascos y un vehículo para escapar.

Olofsson, con permiso del gobierno, fue llevado al banco y estableció un enlace de comunicación con los negociadores de la policía. Una de los rehenes, Kristin Ehnemark, había dicho que se sentía segura con los atracadores pero temía que la policía pudiera causar problemas utilizando métodos violentos. Éste fue el comienzo del síndrome de Estocolmo. Esta misma Kristin Ehnmark llamó a Olof Palme, el primer ministro sueco, y le dijo que se sentía muy disgustada con su actitud y le pidió que dejara marchar a los atracadores con los rehenes. Mientras tanto, Olofsson caminaba por la cámara cantando “Killing me softly” de Roberta Flack.

El 26 de agosto, la policía taladró un agujero en la pared y Olsson abrió fuego y amenazó con matar a los rehenes si la policía intentaba un ataque con gas. Efectivamente, dos días después, el 28 de agosto, la policía usó el gas y tras media hora los atracadores se rindieron. Nadie resultó físicamente herido.

SecuestroLa recapitulación es así: cuatro empleados del banco fueron tomados como rehenes por dos asaltantes armados, encerrándose (y encerrando con ellos a los empleados) en la bóveda del banco durante seis días para evitar ser capturados por la policía. Lo más impactante es que los cuatro rehenes desarrollaron una íntima afinidad y simpatía con los dos criminales, tanto así, que posteriormente se resistieron a los intentos de ser liberados, defendiendo con un amor casi maternal a sus captores. Podemos hacer aquí la referencia clásica de la Alegoría de la Caverna platónica, en donde el hombre que se ha acostumbrado a la caverna, se resiste a ser liberado por el filósofo.

La situación de Estocolmo va más allá, pues cuando finalmente fueron liberados después de muchos esfuerzos, un periodista gráfico fotografió el instante mismo en que una de las rehenes y uno de los captores se besaban apasionadamente (pensemos en un cordero besando con pasión apocalíptica a un lobo… ¡algo inesperado!) Mentiría si dijese que ahí termina el cuento, pues todavía hubo más. Los mismos rehenes, es decir, las cuatro personas que a punta de pistola y amenazas fueron obligados a permanecer en contra de su voluntad con esos dos criminales en la bóveda de ese banco, esas cuatro personas intercedieron por los captores pidiendo que los dejaran en libertad. Se negaron a presentar cargos y, dado que el juicio se llevó por ser de oficio, después se negaron a testificar en el proceso e incluso – ¡creánlo! – ayudaron a pagar los elevadísimos honorarios del abogado defensor.

A raíz de esta situación tan asombrosa como peculiar, el fenómeno psicológico de la persona secuestrada que posteriormente tiene simpatías con su secuestrador se conoce como el “Síndrome de Estocolmo”. El término fue acuñado por el criminólogo y psicólogo Nils Bejerot (quien ayudó a la policía durante el robo) al referirse en un canal de noticias sobre los hechos del banco/secuestro. Posteriormente esto ha servido de base para que se logren identificar otros casos que, sin ser secuestros en sí, desarrollan patologías o situaciones similares. Otros casos famosos incluyen rehenes de aviones y personas secuestradas, como lo es el caso de Patricia Hearst, que después de haber sido retenida por una organización militar política (el Ejército Simbionés de Liberación) se unió a ellos varios meses después de haber sido liberada.

Este Síndrome de Estocolmo suele presentarse cuando el plagiado se “identifica inconscientemente con su agresor, ya sea asumiendo la responsabilidad de la agresión de que es objeto, ya sea imitando física o moralmente la persona del agresor, o adoptando ciertos símbolos de poder que lo caracterizan” (Skurnik). Los psicólogos creen que al momento de un secuestro se establece un nexo consciente y voluntario por parte de la víctima para obtener cierto dominio de la situación o algunos beneficios de sus captores, o bien como un mecanismo inconsciente que ayuda a la persona a negar y no sentir la amenaza de la situación y/o la agresión de los secuestradores. Generalmente se habla únicamente en esta última situación del Síndrome de Estocolmo.

Lo anterior debe de movernos a un estudio de la situación nicaragüense. En un bellísimo reportaje de El Nuevo Diario (septiembre 8), se nos muestra como la descripción que hace un norteamericano hace 118 años sobre la sociedad nicaragüense es la misma que podemos hacer nosotros de nuestra propia actualidad. En el circo político sólo cambian los hombres, que son efímeros, pero la problemática se perpetúa. Es por eso que el conclusivo de ese reportaje es «¿Será pura coincidencia cualquier parecido con el país de hoy?» Trágicamente, somos los pioneros del Síndrome de Estocolmo. Nuestro captor es la clase política. Dinosaurios rancios que pisotean al humilde.

Históricamente hay una especie de gratitud consciente hacia la clase política, por pésimas y corruptas que sean sus acciones. Agradecemos el hecho de habernos dejado “vivir” sanos y salvos y recordamos colectivamente “gestos de compasión y ayuda” que ellos han tenido para con el pueblo. Idéntico a lo que sucede con el Síndrome de Estocolmo.

Se cree que para detectar y diagnosticar el síndrome de Estocolmo son necesarias dos condiciones: 1) Que la persona haya asumido inconscientemente, una notable identificación en las actitudes, comportamientos o modos de pensar de los captores, casi como si fueran suyos. 2) Que Secuestradolas manifestaciones iniciales de agradecimiento y aprecio se prolonguen a un largo período de tiempo, aún cuando la persona ya se encuentra integrada a sus rutinas habituales y haya interiorizado la finalización del cautiverio.

Lo peor es que, al igual que el Síndrome de Estocolmo, el nicaragüense atraviesa un proceso inconsciente en el cual cree y siente es razonable la actitud del secuestrador, sin percatarse de la identificación misma, ni mucho menos de las graves consecuencias de esta desorientación. Nuestra pobreza es el mejor ejemplo. Es curioso que en estas fechas en que celebramos las fiestas patrias, entre ellas la Independencia, aún sigamos siendo cautivos de la clase política y el juego sucio y rancio que ellos hacen con nosotros: el pueblo. ¿Acaso alguien puede dudar que sufrimos (y crónicamente) el Síndrome de Estocolmo?

Logo El Nuevo Diario

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

volver arriba

© Ulises Juárez Polanco v4 | JP, MD, y UJP | 1,326,503 visitas desde 21/09/2011
Se permite la reproducción de los textos citando la fuente y notificando al autor.